ANTONIO GARCÍA TEJEDOR
Vida, exilio, compromiso y memoria

Antonio Garcia Tejedor
Antonio en una reunión del CRE presidida por el Cónsul de España

Declaraciones de Antonio García Tejedor

https://youtu.be/t6EkqXe3f1M?feature=shared

Naci en Madrid el 20 de marzo de 1927, en un barrio situado detrás del seminario de los sacerdotes. Mi infancia estuvo marcada muy pronto por la enfermedad y la separación. A los cuatro años, mi madre enfermó gravemente de tuberculosis y tuvo que ser hospitalizada. Éramos seis hermanos y mi padre, sin recursos, se vio obligado a repartirnos entre distintos miembros de la familia. Yo fui enviado a vivir con mi abuela, cerca de Fuencarral.
Durante tres años no fui a la escuela. Nadie sabía si mi madre se recuperaría. Sin embargo, aquellos años quedaron en mi memoria como un tiempo de libertad: pasaba los días en la calle y en el campo, algo que siempre me ha acompañado. Más tarde, cuando mi hermana mayor pudo hacerse cargo de la familia, regresé a Madrid, al barrio donde había nacido. Fui a la escuela durante aproximadamente un año. Entonces estalló la Guerra Civil.
Madrid quedó prácticamente cercado. La vida cotidiana se volvió imposible y comenzó la evacuación de la población civil. Con mi maestro salí de Madrid hacia Valencia, junto a niños, ancianos e inválidos. Estuvimos alojados en un hotel requisado. Más tarde nos trasladaron a Tarragona, a una residencia infantil construida por la República, cerca del mar. A los pocos meses, la residencia fue convertida en hospital de sangre y tuvimos que marcharnos de nuevo.
Fuimos enviados a Lérida. Allí, la Generalitat permitió que familias acogieran temporalmente a niños evacuados. Una familia catalana me adoptó, pero el padre fue movilizado y la madre, con una hija recién nacida, regresó a su pueblo, Cervera. En una masía aislada, a varios kilómetros del pueblo, pasé casi tres años. No había escuela. A los diez años trabajaba todos los días, incluidos los domingos, para mantener la explotación agrícola. Así terminó mi infancia.
La posguerra: el hambre
Para mí, la posguerra fue peor que la guerra. Durante la guerra nunca pasé hambre. Después sí. Todo estaba racionado. El pan, base de la alimentación, se limitaba a unos sesenta gramos por persona y día.
No era una cuestión de alimentos, sino de dinero. En el estraperlo había de todo. Mi padre ganaba doce pesetas en los años 1939–1940. Un pan de estraperlo costaba cinco pesetas. Con todo su salario diario apenas podíamos comprar dos panes y medio. Ese era el motivo real del hambre.
La escuela requisada y el trabajo infantil
La escuela republicana a la que asistía, en el barrio de Atocha, había sido un centro ejemplar: cantina, calefacción, piscina. Tras la guerra fue requisada por el ejército y compartida con una academia militar. A nosotros, niños, se nos trataba como enemigos. Estábamos obligados a ir a misa formados. Las canciones que nos enseñaban hablaban de muerte.
Un día cantamos una canción distinta, crítica. El director nos golpeó y nos expulsó de la escuela. Por eso empecé a trabajar a los trece años.
Pasé por un almacén de muebles y por un hotel hasta entrar como aprendiz en un taller de grabado. Allí aprendí un oficio artesanal: grabar a mano con cinceles y buriles. Fabricaba relieves, insignias y medallas militares. El maestro del taller había sido sindicalista y había pasado por la cárcel tras la guerra.
Los cuños y la resistencia clandestina
Un día, cuando yo aún no tenía diecisiete años, el maestro me pidió que fabricara cuños de bronce. Eran matrices oficiales, imposibles de falsificar si no se hacían completamente a mano.
Esos cuños servían para sellar documentos y permisos de frontera. Yo los fabriqué. Se me pagaba por ello. Más tarde me explicó su verdadero uso: servir para la elaboración de documentación falsa destinada a personas perseguidas por el franquismo.
Aquellos cuños no solo se utilizaron para opositores políticos españoles. También sirvieron para ayudar a judíos que cruzaban clandestinamente de Francia a España y, desde allí, huían hacia Portugal, Inglaterra o Estados Unidos.
En ese momento comprendí que la política no era una idea abstracta. Era una responsabilidad concreta.
El ejército y la sospecha
Durante el servicio militar fui destinado inicialmente a una compañía de ametralladoras. Tras unas pruebas de tiro, fui trasladado al Estado Mayor, la llamada “compañía de los notables”. Allí un alférez me advirtió de la existencia de un informe del Servicio de Información Militar sobre mí.
Pensé inmediatamente en los cuños. Sentí miedo. Aproveché un permiso y regresé a Madrid para preparar mi salida definitiva de España.
El exilio
Crucé la frontera a pie, de noche, por la provincia de Guipúzcoa, acompañado por contrabandistas. Me destrocé los brazos con el alambre de las fincas. Cuando amaneció, estaban cubiertos de heridas.
Llegué a Bayona y pedí asilo político. Pasé controles médicos exhaustivos. Me autorizaron a trabajar solo en determinados sectores y me prohibieron residir en París.
No hablaba francés. No tenía dinero. No conocía a nadie.
Mi primer trabajo en Francia fue en una mina de carbón, a seiscientos metros bajo tierra. Las condiciones eran duras, pero dignas. Las minas estaban nacionalizadas: había salario, comida y alojamiento. Después trabajé en la construcción en Nantes, en Alsacia y en Normandía.
Aprendí el oficio del yeso, el más duro que he conocido, incluso más que la mina. Durante quince años trabajé por metros, sin jefe, con rigor. El trabajo nunca me asustó. Me dio dignidad y me permitió reconstruir mi vida.
Militancia, sindicatos y asociaciones
Fui militante sindical durante treinta y cinco años en Francia, incluso en estructuras donde estaba prohibida la presencia de extranjeros. Participé en comisiones de inmigración y defendí los derechos de los trabajadores emigrantes.
Fundé asociaciones de padres para crear clases de Lengua y Cultura Españolas para nuestros hijos. Se nos acusó de crear guetos. Años después, un profesor francés me reconoció que nuestros hijos habían sido los mejor integrados en la sociedad francesa.
La Asociación de Jubilados de Origen Español
En 1998 fundé la Asociación de Jubilados de Origen Español. Su objetivo era representar a los mayores ante las autoridades, fomentar actividades sociales, culturales y recreativas, y preparar la jubilación en todos sus aspectos.
La asociación dispone de un local cedido gratuitamente por el Ayuntamiento de París 10, con calefacción, agua y luz, algo excepcional en el mundo asociativo. Fui presidente durante muchos años. Hoy soy presidente de honor y sigo participando activamente.
Proyecto de monumento a los españoles muertos por la libertad en Francia
Desde hace años llevo un proyecto que considero una deuda moral. Lo he presentado en el Consejo de Residentes Españoles y también lo he puesto en conocimiento de la Embajada de España y del Ministerio de Memoria. Todos están al corriente.
Durante la Segunda Guerra Mundial, muchos españoles exiliados en Francia combatieron en diferentes lugares de este país. Lucharon contra el nazismo y por la libertad. Muchos murieron en combate. Otros fueron detenidos y asesinados en los campos de exterminio.
Muy poca gente se acuerda hoy de ellos. No porque no lo merezcan, sino porque no están informados. Esa ausencia de memoria me parece profundamente injusta.
En casi todos los pueblos de Francia, incluso en los más pequeños, hay un monumento que recuerda a los franceses muertos en la guerra de 1914–1918 o en la Segunda Guerra Mundial. Nosotros, los españoles que dimos nuestra vida por la libertad en este país, no tenemos prácticamente nada que nos recuerde.
Me parece una desconsideración histórica.
Mi proyecto consiste en crear un monumento que recuerde a esos españoles —y también a los franceses— que lucharon juntos y murieron, incluidos los que fueron deportados y asesinados en los campos de exterminio. No se trata solo de honrar a los muertos, sino de inscribir su historia en la memoria colectiva.
El lugar que considero ideal para este monumento es la Casa de España de la Región Parisina, en Saint-Denis, en el barrio conocido como la Pequeña España. Es un lugar cargado de sentido histórico y, al ser una propiedad española, no plantea problemas administrativos ni legales.
La idea sería realizar un zócalo y, sobre él, un grupo escultórico en bronce, acompañado de una leyenda en francés y en español que recuerde a nuestros compatriotas caídos por la libertad.
Este proyecto no puede ni debe ser individual. Quisiera que fuera un esfuerzo colectivo, asumido con voluntad propia. Para mí, la memoria no es un discurso: es una responsabilidad.
Mirada sobre el presente
A mis noventa y nueve años miro la situación social y política con preocupación. Hoy, con la fragmentación política existente, a los gobiernos les queda poco margen de maniobra. Una de las únicas soluciones que se plantean es subir los impuestos.
Sigo la actualidad española por la televisión. Y me da pena. La información política se limita a los conflictos entre gobierno y oposición. Muchas de las cosas que hoy ocurren en Francia ocurrirán también en España: inmigración, vivienda, tensiones sociales.
Hay además un problema grave: el cambio climático. Las inundaciones, como las provocadas por la DANA en Valencia, no son solo fenómenos naturales. En Valencia, históricamente, se solucionaron desviando el cauce y evitando construir en zonas inundables. Desde entonces no hubo inundaciones graves en la capital.
En Cataluña existían ramblas naturales que evacuaban el agua. Se ha construido sobre ellas. Durante años no pasa nada, pero el día que llueve con fuerza, el agua vuelve por donde siempre pasó. Muchas tragedias se explican por no haber respetado la historia del territorio.
De qué me siento orgulloso
Si me preguntas de qué me siento más orgulloso, no sabría responder con una sola frase. Quizá de haber intentado, con mi militancia, poner siempre por delante los intereses de los seres humanos: en la política, en el sindicalismo y en el movimiento asociativo.
He cometido errores, como todo el mundo, pero siempre he intentado actuar con coherencia.
Lo que le diría al joven que fui
Si hoy pudiera hablar con el joven Antonio García Tejedor, le diría una cosa muy clara: infórmate, fórmate. Muchas veces no somos conscientes de que, en nuestra voluntad de formarnos, estamos definiendo nuestro porvenir.
No todo el mundo tiene la oportunidad de ir a la universidad. La formación es un privilegio y una responsabilidad. Yo siempre quise una buena formación profesional.
Empecé a trabajar en la construcción sin saber nada. Aprendí a trabajar con rigor y precisión. He montado muros al milímetro. Cuando había que rehacer un trabajo mal hecho, decían: “Que lo levante García”. El rigor en el trabajo también es una forma de dignidad.
Memoria
La memoria es la facultad que tenemos los seres humanos para conservar y guardar el recuerdo de lo que hacemos y de lo que aprendemos.
A los noventa y nueve años, de todas las cosas que vamos perdiendo —el pelo, los dientes, la audición, la vista—, la que más pena me da perder es la memoria. Esa es una de las razones por las que ya no soy presidente efectivo. Para asumir responsabilidades hacen falta facultades completas.
Sin embargo, hay recuerdos que permanecen intactos. Me acuerdo del bautizo de mi hermana, incluso del nombre de los caramelos que dieron aquel día. Y, en cambio, hay cosas recientes que se borran.
Así funciona la memoria. Es la historia personal de cada uno.
Por eso la memoria colectiva es esencial.
Un pueblo sin memoria no tiene futuro.
Cierre
Tengo noventa y nueve años.
Sigo creyendo que la dignidad humana, la formación y la memoria son los pilares de una sociedad justa.

Antonio preside la mesa de la formación del CRE como consejero de mayor edad
Antonio Presidente de Honor Asociación de Jubilados De Origen Español en Francia
Asociación De Jubilados De Origen Español 11 rue Boy -Zelenski 75010 Paris – metro Colonel Fabien-0153724378 correo electrónico aroe@orange.fr     

Antonio García Tejedor – Testimonio
ORÍGENES Y GUERRA
«Nací en Madrid en 1927. Mi infancia fue muy dura.
A los cuatro años mi madre enfermó de tuberculosis y nos separaron a los hermanos.
Cuando empezó la Guerra Civil, Madrid quedó cercado y nos evacuaron.
Pasé por Valencia, Tarragona, Lérida…
Viví en una masía aislada, sin escuela.
A los diez años ya trabajaba todos los días. Así terminó mi infancia.»
LA POSGUERRA
«Para mí, la posguerra fue peor que la guerra.
Durante la guerra no pasé hambre. Después sí.
Todo estaba racionado. El pan era la base de la alimentación y nos daban sesenta gramos al día.
No era un problema de comida, era un problema de dinero.
Mi padre ganaba doce pesetas. Un pan costaba cinco.
Con todo su salario comprábamos dos panes y medio.»
ESCUELA, REPRESIÓN Y TRABAJO INFANTIL
«La escuela republicana donde iba fue requisada por el ejército.
Nos trataban como enemigos siendo niños.
Un día cantamos una canción diferente y el director nos golpeó y nos expulsó.
Por eso empecé a trabajar a los trece años.»
CUÑOS Y DOCUMENTACIÓN FALSA
«Aprendí un oficio artesanal: grabar a mano.
Un día, el maestro del taller me pidió que fabricara cuños de bronce.
Eran cuños oficiales, imposibles de falsificar si no se hacían a mano.
Servían para sellar documentos y permisos de frontera.Yo los fabriqué.
Entonces me explicó su verdadero uso:
servir para hacer documentación falsa destinada a personas perseguidas por el franquismo.
Esos cuños también se utilizaron para ayudar a judíos que cruzaban clandestinamente de Francia a España y después huían hacia Portugal, Inglaterra o Estados Unidos.
Ahí comprendí que la política no era una idea:
era una responsabilidad.» SOSPECHA, EJÉRCITO Y MIEDO
«Durante el servicio militar me dijeron que existía un informe sobre mí del Servicio de Información Militar.
Pensé inmediatamente en los cuños.
Tuve miedo.
Aproveché un permiso y preparé mi salida definitiva de España.                              EL PASO DE FRONTERA
«Crucé la frontera a pie, de noche, por Guipúzcoa, con contrabandistas.
Me destrocé los brazos con el alambre de las fincas.
Llegué a Bayona y pedí asilo político.
No hablaba francés.
No tenía dinero.
Estaba completamente solo.» FRANCIA: MINA Y CONSTRUCCIÓN
«Mi primer trabajo en Francia fue en una mina de carbón, a seiscientos metros bajo tierra.
Después trabajé en la construcción.
Aprendí el oficio del yeso, el más duro que he conocido, incluso más que la mina.
El trabajo nunca me asustó.
Me dio dignidad y me permitió reconstruir mi vida.»
MILITANCIA Y SINDICATO
«Fui militante sindical durante treinta y cinco años en Francia.
Incluso ocupé cargos donde estaba prohibida la presencia de extranjeros.
Siempre defendí que los sindicatos son una fuerza real cuando se usan con dignidad.»
EDUCACIÓN E INTEGRACIÓN
«Fundamos asociaciones para que nuestros hijos aprendieran lengua y cultura españolas.
Nos acusaron de crear guetos.
Veinte años después, un profesor francés me dijo:
“Tenías razón. Vuestros hijos son los mejor integrados en la nación francesa”.»
MIRADA POLÍTICA ACTUAL
«Hoy en día el gran problema es el envejecimiento y la falta de natalidad.
Cada vez hay menos cotizantes y más pensionistas.
No hace falta ser matemático para entender que el sistema puede quebrar.
Lo que hoy ocurre en Francia, mañana ocurrirá en España:
inmigración, vivienda, tensiones sociales.».   CAMBIO CLIMÁTICO Y RESPONSABILIDAD
«El cambio climático ya no es una teoría.
Las inundaciones no son solo naturales:
muchas veces se construye donde nunca se debió construir.
El agua siempre vuelve por donde pasó.»
ORGULLO DE VIDA
«Si de algo me siento orgulloso es de haber puesto siempre por delante
los intereses de los seres humanos:en la política, en el sindicalismo y en el movimiento asociativo.»
CONSEJO AL JOVEN
«A un joven le diría una sola cosa:
infórmate, fórmate.
En tu formación estás definiendo tu porvenir,
aunque no te des cuenta.»
EL OFICIO Y LA DIGNIDAD
«Yo empecé en la construcción sin saber nada.
Aprendí a trabajar con precisión.Monté muros al milímetro.El rigor en el trabajo también es una forma de dignidad.»
MEMORIA
«La memoria es la facultad de conservar lo vivido y lo aprendido.
A los 99 años, lo que más pena me da perder
no es la fuerza ni la vista,
es la memoria.
Por eso la memoria colectiva es tan importante.
Un pueblo sin memoria
no tiene futuro.»


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